Pasaje a la India

Es casi la medianoche del 31 de diciembre en Bali y por casualidad me tropecé con el album Moon Safari en el iTunes. Hace por lo menos diez años que no lo escuchaba. Le precedieron otros diez años en los que ese disco estuvo presente en todos mis encuentros con el amor, el desamor, los viajes alucinados, el ensueño y el divague, hasta que un día sin aviso dejé de escucharlo. Un remolino de emociones y recuerdos que habitan esta noche de año nuevo gregoriano contrasta con mi voluntad de ignorarlo.

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Hablemos de los viajes a lugares que no existen más. Corremos detrás de una música que nos alienta, de un párrafo escrito hace cien años por algune escritore que nos gusta mucho, o por la emoción boba a la que nos empujó una película. Así como Bali es un parque temático construído a la medida de lo que el capitalismo occidental sueña que es Oriente, India es un caso aún más grave de psicosis colectiva. Ya ni siquiera es necesario mantener la utilería de aquel legendario año de 1968 cuando los Beatles viajaron a Rishikesh a meditar con Maharish Mahesh Yogi, al mismo tiempo que Richard Alpert pisaba India por primera vez para volver a Estados Unidos convertido en Ram Dass.

La novela Karma Cola de Gita Mehta es una lectura imprescindible para no quedarse varado en la postal sepia de Within you without you de los Beatles. Mehta cuenta cómo hasta 1968 el sueño de los jóvenes de India era migrar a Inglaterra o a Estados Unidos para abandonar el odio religioso, la pobreza atroz y el sistema patriarcal brutal de India. Migrar, para poder usar jeans, tener relaciones prematrimoniales y vivir fuera del sistema de castas. Hasta que llegaron los Beatles y estropearon todo: ese maldito año de 1968 India se convirtió en el paradigma de lo cool. Los ingleses cambiaron los jeans por las túnicas de bambula y el sahumerio. Los estadounidenses abandonaron la Coca Cola por el lassi y los chapatis. Los jóvenes indios quedaron sin destino de fuga, condenados a vivir en su propio infierno cool.

Para muchos occidentales, India es ese no-lugar construído por el anhelo de unas vacaciones no-capitalistas. Dicen las personas más experimentadas que hay dos días felices en India, el día que llegás y el día que te vas. De ahí el acrónimo I.N.D.I.A.: I'll Never Do It Again. Muchos la pasamos un poco mal en India, pero rescatamos los mejores momentos porque dentro de ciertos círculos hablar mal de India es como hablar mal de tu madre. Cuando me preguntan si recomiendo viajar a India digo que sí, que claro, pero que hay que viajar con los Beatles y con Ram Dass a la India de 1968, vivir como mendicante y escuchar a Maharishi que te cuente lo que vos soñaste la noche anterior. O incluso viajar con André van Lysebeth a aquel día de 1964 en que una persona occidental pisó por primera vez la sala de Pattabhi Jois antes de que los profes de yoga vivieran de gira como si fueran DJs.

Ahora que hay Coca Cola, compras online y aerolíneas low cost, India ya no es más la pesadilla idealizada de otros tiempos, es algo peor. En contra del sueño de Gandhi de una India inclusiva y laica, el gobierno de Narendra Modi recortó derechos a los musulmanes y se mantuvo en silencio frente al llamado de radicales hinduístas a asesinarlos. Hay linchamientos por razones religiosas y persecución de cristianos. Aunque el sistema de castas está prohibido, sigue habiendo asesinatos "de honor" en matrimonios mixtos y de personas gestantes solteras. No hay freno a los matrimonios de adultos con niñas.

A pesar de todo, si se presenta la ocasión, volvemos a India. Como sudamericanos, los indios y nosotros estamos de un lado, los europeos y los estadounidenses del otro. Como sudamericanos, el gran desafío es no viajar de forma acrítica, perforar el decorado de asrams y shalas, y no reproducir el viaje de auto-conocimiento de europeos y estadounidenses de los años sesenta porque es colonial y porque nos aliena del conocimiento de nuestra verdadera identidad.

El video que acompaña este texto es de mi tercer viaje a India. Corría el año 2012: estaba dejando de trabajar en el estudio jurídico y había empezado a dar clases de yoga a un grupito de amigues. Mi compa Federico me invitó a unas reuniones de abogados en Nueva Delhi con la yapa de ir a Goa a practicar yoga con un maestro muy querido. Los primeros minutos del video muestran una India poco convencional para el turismo predominante. En los asrams, bazares o salas de yoga los occidentales (incluso los sudamericanos) integramos el grupo más privilegiado en términos de capacidad adquisitiva. Sin embargo, en estas reuniones en Delhi con los reyes del capital indio, los occidentales (especialmente los sudamericanos) éramos los más pobres, un ejercicio de mortificación y humildad imposible de encontrar en lo del gurú Maharishi. Le sigue un amanecer en Goa con instantes sueltos del final de la práctica de yoga.

Encontré este material camuflado en un archivo "yoga" y decidí ordenarlo bajo la forma de este clip breve. Es un rejunte de momentos captados con celular sin la pretensión de formar un relato homogéneo. Parece que hace diez años, cuando Instagram recién empezaba, no teníamos la necesidad de un registro casi permanente de nuestras horas. Estos mensajes en botella dan cuenta de un mundo que también nos construyó y que no existe más. Un remolino de emociones y recuerdos que nos visita esta noche de año nuevo gregoriano para compartir y celebrar.

Ph Inditales