No termina bien

Hasta que la cosa se puso espesa. Moacir se fue a comprar merca a la esquina, en franca violación a algún acuerdo que tendría con la novia peruana. Voy a comprar con el 'trava', me dijo. Así, lunfardo, apócope de travesti, donde la elisión conlleva la aparición de una vocal o sufijo desinencial, en ese caso 'trava' por 'travesti'. ¿Era una provocación? ¿Me hablaría en lunfardo a mí con la misma finalidad con la que yo le hablaba en peruano a la novia peruana? Con 'el' trava, había dicho. Género masculino. El rito de iniciación/peronista/consiste en darle/matraca a un trava. Me quedé dolido un rato, masticando el verso transfóbico de Carlos Godoy. No era la primera vez que Moacir desaparecía del forró, pero era la primera vez que no lo disimulaba.

La pared sudaba frío. Detuve las yemas de los dedos en la porosidad descascarada porque sentí que la pared me hablaba. Cojudo, huevonazo. Abrí mis ojos a los ojos vidriosos de la novia peruana, rojos menos por la makoña y la trasnochada que por la extraña audacia de mostrarme su sentir. Chucha su madre. Vas a buscarlo o qué.

No era la primera vez. Las habituales fugas le dolían demasiado. La transa que Moacir ya no disimulaba en esa esquina era su forma de devolver los reclamos de maternidad y vida burguesa. Finalmente la novia peruana encontraba adversaria. Esto no termina bien, pensé. Chupé un cigarro de pasada y bajé las escaleras de dos en dos. La solidez de la vereda bajo mis pies me confrontó con el pantano en el que naufragaban mis lealtades. Audaz la novia peruana que había hecho de mí un aliado a sabiendas de mi amistad de más de veinte años con Moacir. Mortíferas tetas sudadas, capaces de pedir en bandeja la cabeza del Negro. Mortífero su dardo que me había envenenado sin remedio y transformado, una vez más, en traidor irreversible. Traidor con veleidades de justiciero. Siempre podemos encontrarnos en esta situación punk, escribió Pedro David. Carajo cómo me ponen la makoña la novia peruana el forró la noche. Corrí a la esquina.

Moacir estaba a la sombra de un kioskito cerrado, en pelotas. O casi: la bermuda bajada hasta las rodillas. La chica trans de la transa se había hecho un buche con cerveza que escupió en mi dirección, rociándo mis zapatillas y tobillos desnudos con la espuma que da vida. Tragué saliva y me acerqué al Negro, que balbuceaba estupideces tipo Opa! y E aí! Comencé a irradiar un mensaje telepático de reprimenda que se perdió en la sordera de la noche. Esta aquí es mi amiga, a Panambí, dijo el Negro mientras se la acomodaba para mear, con ruido, al costado del kioskito.

Olà saludé a Panambí en portugués. No te gastés soy de Ciudad del Este. Llevátelo luego a tu amigo que está re pasado. Dice que es ñembo mi novio gua'u. ¿Qué es lo que vos decís, macaco? Se rió fuerte. Panambí en guaraní quiere decir Mariposa, pero esa noche yo aún no lo sabía. ¿Todo bien? ¿Te debe algo? Panambí me miró con extrañeza primero y divertida después. Churro, sos vos, na, me dijo. La interrogué con ceño fruncido. Vos pikó sos de los que se enamoran, na. Moacir, que había terminado de mear, me agarró del hombro. Giré sobre mis talones y quedamos enfrentados a un milímetro de distancia, nariz contra nariz, como boxeadores antes de la pelea. Enfoqué la vista en las gotas de sudor sobre su bigote, ese bigote incipiente que nunca le había terminado de crecer. Con extrema lentitud levanté mi mano, peiné los pelitos del bigote con el dedo índice, recorrí sus fosas nasales dilatadas con la yema de mi dedo, y seguí peinando, despacio, los restos de merca de su nariz. Con la energía desafiante que me había insuflado la novia peruana, apoyé la yema de mi dedo en sus labios calientes que no opusieron resistencia. Le froté las encías, desde el frente hasta las muelas. Mientras tanto, él se secó el meo de sus manos en mi remera.

Te buscan en el forró, le dije una vez terminada la faena, y encaré para la parada de taxis. El Negro me agarró de una mano y me metió de vuelta a la escalera encajonada que nos devolvió a la música brillante, al agobio de calor lubricante, zabumba, makoña y más cerveza. Otro pedazo de pizza fria para el bajón. Moacir se prendió de la primera morena que econtró a su paso y se la llevó, corcoveando, al centro de la pista, pretendiendo que ni la novia peruana ni yo lo mirábamos. Me acomodé al lado de la novia peruana y sequé en la pared descascarada la saliva untuosa que me quemaba el dedo. ¿A quién había traicionado yo aquella noche?

Me detuve, con la otra mano, en las tetas de la novia peruana. Con descaro cobarde, por la certeza de saber que Moacir evitaba mirarnos. te abandonó/ la nostalgia se vuelve pose/ las llamadas/ los silencios/ no contados. Le recité, apenas audible, Timo Berger entre beats de zabumba y la inagotable, resiliente felicidad brasileña. Le recité Timo Berger no al oido, sino a sus tetas pequeñas, empapadas de enojo nocturno, que mi mano libre había comenzado a rozar. Ella, la blusa transpirada que desbordaba desconsuelo; yo, tan loco. Conchatumadre, y se encerró en el baño. Esto no termina bien, les voy avisando.

De: Instrucciones para Encontrar tu Destino Sudamericano
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