/ Escritos

Cartografía inestable

Hace un año y medio que vivo en el pueblo de Ubud, en Indonesia. El consulado argentino me inscribió como residente extranjero con mi domicilio de la calle Sriwedari. Los primeros seis meses no pude salir del barrio por los rigores de la pandemia. Impedido de viajar, me puse a estudiar el idioma que habito, donde no hay pasado ni futuro. Todo es contexto. Propone traslaciones inquietantes: para los asuntos del corazón refieren al hígado, no sienten mariposas en el estómago sino luciérnagas en la cabeza. Cuando hablan de iglesias o de manteca lo dicen en portugués. El lavamanos y el cine, en holandés. Si es sobre pensamientos, libros y horarios, recurren al árabe. El sánscrito encuentra lugar para referir a colores y a cosas simples como el pan y los sombreros. Esta lengua es una celebración del mestizaje.

El tiempo se desmenuza en varias direcciones. Para los javaneses es infinito. Puede desperdiciarse, siempre hay más. Cuando quedás para encontrarte con alguien a cierta hora, te aclaran que la cita es  jam karet ("reloj de goma") lo que habilita una variación en función de tránsito, lluvia o estado de ánimo. La semana javanesa es de cinco días. La semana de siete se usa para simplificar el comercio con cristianos y chinos pero opera en segundo plano. El mes musulmán de 28 días se va desfasando del calendario gregoriano de 28, 30 y 31 días. Aquí un lunes nunca es solamente lunes, buen augurio para la disolución de las agendas.

La palabra "felicidad" bahagia difiere de la palabra "peligro" bahaya en una sola letra, aspirada, levísima.  Apenas fue posible combiné ambos planes y empecé a viajar por la enormidad de este país. Depués de una expedición consular a Yakarta, en enero me animé a viajar a Sumatra y en febrero a Surabaya, antiguo puerto de la ruta de la seda. Conocí a Mijil y Yoga, dos javaneses despreocupados que me hicieron sentir en una road movie alemana. Intuyeron que soy argentino porque me llamo Omar, como Batistuta.

De esa manera comenzó la fuga de Ubud. La última tarde en vez de regresar a casa me subí a un avioncito a hélice para cursar la ruta Surabaya-Bandung, binomio hermético que comenzó con un viaje alucinado de juventud en el tramo Chiang Mai-Surat Thani. Ese pasaje donde por primera vez origen y destino eran jeroglíficos me trajo la costumbre de meterme en una cartografia que no se corresponde con la occidental y cristiana. Así llegó mi gran afición: perderme lejos. Me dediqué con método y una alta cuota de privilegio a convertirme a esa vida trashumante que alguna vez fue nuestra única forma de existencia.

Llegó marzo y se bloqueó el Canal de Suez, Europa volvió al lockdown y Argentina restringió vuelos. Quedé suspendido en el paréntesis de este país que va de Banda Aceh a Jayapura, decidido a vibrar en ese compás. Viajé a Semarang con Ajib Bintoro, un estudiante de historia y teología. Su maestro nos llevó por un senderito en las montañas a meditar a una cueva. Ahí, mientras ellos sahumaban, sentí la tierra húmeda bajo mis pies y entendí que la vuelta ya no era posible y que explicarlo tampoco era necesario.

Unas semanas más tarde viajé a Borneo. Fin de la ruta, las puertas de la selva. Un café del bazar con dulce de zapallo y clavo, y lo que a simple vista parece un episodio sin porvenir se volvió un presente robusto. Perdernos en el gran infierno verde y escapar antes del comienzo del Ramadán donde el país se paraliza y viajar es, si no sacrílego, de mal agüero. En las Islas Célebes conocí a Christoper, un joven adventista padre de familia que me llevó a megalitos y a bosques y al fondo del mar. Conversamos sobre dogma y criptomoneda, el Partido Comunista Chino y ayurveda, la experiencia de envejecer y la perplejidad de estar vivos. Me abrió su casa, rodeado de niñes y de la vida valiosa custodiada por la fe y fortalecida por el deber. Y cierto desapego elegante que intriga y enamora.

En Macasar me presentaron a Adi, estudiante de maestría en estudios étnicos, que me invitó a visitar una comunidad. Dormimos en la casa de la lideresa con luna llena y cuentos de fantasmas. Adi y sus compañeros de estudios se amontonaron entre almohadones en medio de la sala con la facilidad de los animales que se hacen ovillo. En la mañana soltaron los cubiertos para ahuecar la mano derecha; hacen una bolita con el arroz cocinado al grado de pegote ideal y, en movimientos circulares, levantan verduras y trozos de pescado que embadurnan con una salsa picante para meterlo en la boca y seguir hablando. Comen con la boca abierta como nos enseñaron que no se hace, con la boca abierta y risas, y ese humor piadoso que busca no encender los sentidos que la religión secuestra.

Es de noche y los bichos se arremolinan bajo el farol en mi casa de Ubud. Apenas regresado del viaje mágico - bueno, mágicos son todos los viajes; apenas regresado de las Célebes, con la memoria fresca de lo contingente - bizcochos en la ruta, un chico que me pregunta Mau ke mana ¿A dónde vas? Apenas regresado, ya muy despeinado para vivir en Ubud, habiendo conocido mi destino como los dayakos anticipan la presa en el viento, con dos mudas de ropa y una mochila pequeña; apenas regresado entonces, me senté en el balcón de la calle Sriwedari que ya no era mío pero aún no lo sabía, asomado a la humedad de la noche y a los bichos que orbitan el farol de la calle.

Los acontecimientos se encargaron de sacarme de aquí, pero la noche lo sugirió antes. ¿Por qué abandonar un hogar pacífico? Almohadones, gatos y alfombra de yute. ¿Qué esperaban, después de todas las novelas de Salgari? Amigos, dentista y homeópata. ¿Por qué, otra vez?  No hay hogar. Hay postas. Algunas que adivino, otras que ni puedo imaginar. Instancias infinitas de goce y de refugio. Gratitud y prisa.

Una renegociación infructuosa del contrato de alquiler. Barcos sin certezas que demoran el regreso por varias semanas. La posibilidad de piratas al acecho de un volcán sumergido. ¿Cómo desatender tanto desvío? Esta noche, mientras escribo, intento reducir la casa que dejaré en la mañana.  Tan plena esta época, un lejos transformado en el aquí cercano que me traen el tiempo en esta tierra y su lengua en la mía. Soy un sudaca que les habla de fútbol en indonesio porque no puedo parar de sobornarlos para que me acepten como hermano de una familia que, algún día, también abandonaré.

Ph: Christoper Tambanua
Cartografía inestable
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