/ Escritos

Diablo blanco

Soy de la Puna, que es espaciosa y antigua, pero de niña me llevaron a trabajar a los Yungas, que es húmeda y fértil. Entre la recolección de la coca y los carnavales tuve tres wawas y ningún casamiento. Con pobreza y mucha fatiga regresé donde mi abuela, que me enseñó las hierbas para perder la cría. "Ya antes debí haberte enseñado", me regañó cuando aparecí con las niñas. Conocí marido en las sierras. Por seguirle al desgraciado dejé a mis hijas en un valle y al cruzar la frontera le perdí también a él.

Me empleé en una casa de patio y muchas habitaciones, que daba harto trabajo limpiar. La señora Irene pasaba el día entre la cama y el salón, puro dolores y lloriqueos. Buscaba quedar preñada con ayuda de inyecciones y frasquitos. Cuando cada mes sangraba, le culpaba al marido. Esas eran noches de desvelo. Había que prepararle tisanas para sus pastillas y aplicarle emolientes. Le silbaba una verbenita hasta que su sueño le ganaba. El señor Julio, que fumaba en el patio, me seguía al cuarto que yo ocupaba en el fondo. Tenía las manos sudadas y el pecho lanudo como oveja. Luego de descargar su chillido metía una propina en mi chuspa.

Cada vez que quise irme la señora Irene reclamaba que ella ya iba a quedar con niño, que el mes siguiente seguro, que me necesitaba más que nunca. El señor Julio me buscaba con enojo. "India mentirosa, a dónde te vas a ir." Después de hacer lo suyo se lamentaba con capricho y escapaba avergonzado.

Un día comenzó a hablar. Que él debía cumplirle a la Señora Irene en las fechas en que les indicaba el doctor. Que ella estaba seca, que era huesuda y amarga. Que si no fuera por su dinero. Que al final él ni quería niños. Yo recordaba a mis wawitas desamparadas y maldecía al señor Julio y su casa vacía. Por esos días se me perdió mi sangre y al tiempo sentí el vientre duro. Un mes pasé organizando la medicina. En las siguientes visitas del Señor Julio le arranqué cabellos como jugando y los amarré a una ramita de coronillo. Inventé salidas a la despensa para juntar raíces. Una anciana del mercado trajo feto de llama desde Villazón y, conociendo mi estado, no me pidió nada a cambio. En las noches fermenté chicha y rocié la tierra del patio, hasta que aparecieron las ánimas de las ancestras y me avisaron que era la hora.

La medicina hizo su efecto y sentí dolores en mi tripa. Salió el muertito con moco de sangre negra. Envolví todo en un awayo y lo acomodé en el patio, donde antes quemé copal. Volqué la chicha, le dí lumbre al amarre y me dispuse a esperar. Las ancestras me besaron las trenzas y todo a mi alrededor se iluminó con brillo de fuego a pesar de lo hondo de la noche. Soplaron el alma del muertito hacia la casa y la Señora Irene dio un grito de miedo. El Señor Julio salió corriendo al patio. "Que carajos." Se agarraba con dolor entre las piernas. Sus bolitas se le habían puesto negras y achicharradas. "Que carajos india del diablo." Cayó rendido del dolor. Encendí el amarre de cabellos con sahumerio de salvia y mis madrecitas hicieron el resto. Estuvo toda la noche quemándose, el Señor Julio. Arañó la tierra hasta la madrugada. Quedó con la boca abierta y negra, sus dientes manchados y la lengua descascarada. Por su boca le ví entrar al diablo y hacer nido en sus cenizas. "Diablo sos", le dije a su pellejo chamuscado, y le escupí en el hueco donde hubo corazón.

Tragedia, dijeron en la radio. Que se quedó dormido fumando. Que una chispa del brasero. Providencia divina, dijeron las chismosas. Que el Julio se lo había buscado. Las monjas organizaron un rezo para la pobre Irene, embarazada y viuda. Mis anticuchos que tanto le desagradaban, ahora los devoraba. Aprendió a asar el ají de gallina a la manera de mi abuela y tuvo antojos de yuca con su quesito ahumado. Ya es hora, me avisaron las ancestras una noche sin luna. Cuidé a la Señora Irene hasta el día que rompió aguas. Se fue con sus doctores a tener un niño que la medicina de frasquitos no supo explicar.

Ese día me regresé a la sierra, a darle alivio a mi abuela y criar a mis wawas. Por las quebradas más profundas pena en las noches un pobre diablo. El viento me trae sus noticias. "¿Quién es, quién llora?" pregunta la mayor, que tiene disposición para curandera. "No has de preocuparte, él nada puede con nosotras. Diablo blanco nomás es."


Photo by Alfred Kenneally / Unsplash

Diablo blanco
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