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La cheta de Nordelta, Miguel Cané y el activismo LGBT

Durante algunos años fui profe (interino) de Derecho Constitucional en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Más que a enseñar derecho me dediqué a tratar de explicar la historia económica de América Latina desde un enfoque marxista y a desacralizar ciertos mitos argentinos que tanto daño nos han hecho. Uno de ellos es Miguel Cané, la rubia tarada más representativa de la generación del 80′. Cané, el autor de “Juvenilia”, esa novela banal sobre el Nacional Buenos Aires que relata las tontas travesuras de los hijos de la oligarquía y que, desafortunadamente, sirvió de piedra angular para la formación secundaria de mi generación y de muchas otras.

En mis clases proponía la lectura de un pasaje del libro “En Viaje” de Cané, quien al llegar a las Antillas tenía estas observaciones sobre la población afrodescendiente: “Me será difícil olvidar el cuadro característico de aquel montón informe de negros cubiertos de carbón, harapientos, sudoroso, bailando con entusiasmo febril bajo los rayos de la luz eléctrica. El tambor ha cambiado, ligeramente, el ritmo y bajo él, los presentes que no bailan entonan una melopea lasciva. Las mujeres se colocan frente a los hombres y cada pareja empieza a hacer contorsiones lúbricas, movimientos ondulantes, en los que la cabeza queda inmóvil, culebrean sin cesar. La música y la propia animación los embriaga, el negro del tambor se agita como bajo un paroxismo más intenso aún y las mujeres, enloquecidas, pierden todo pudor. Cada oscilación es una invitación a la sensualidad, que aparece allí bajo la forma más brutal que he visto en mi vida; se acercan al compañero, se estrechan, se refriegan contra él, y el negro, como los animales enardecidos, levanta la cabeza al aire y mira echándola a la espalda, muestra su doble fila de dientes blancos y agudos. No hay cansancio, parece increíble que esas mujeres llevan diez horas de un rudo trabajo. La bamboula las ha transfigurado. Gritan, gruñen, se estremecen y por momentos se cree que esas fieras van a tomarse a mordiscos. Es la bacanal más bestial que es posible idear, porque falta aquel elemento que purificaba hasta las más inmundas orgías de las fiestas griegas: la belleza. No he visto nada más feo, más repulsivo, que esos negros sudorosos, me daban la idea de orangutanes bramando de lascivia…”

Año tras año, inevitablemente, los estudiantes de mi curso reflexionaban sobre la sorprendente falta de capacidad de representación de Cané, que en su ceguera de clase no se permitía no ya experimentar empatía, sino ni siquiera imaginar la sensualidad de la situación que describía en sus notas.

Anoche, conversando con Analía Más, Secretaria de Género y Laicismo de la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans (FALGBT) sobre un panel que voy tener el lujo de compartir con ella en breve, recordamos cuando durante el debate sobre ley de matrimonio igualitario en Argentina, sectores próximos a la iglesia católica se preguntaban para qué los gays queríamos adoptar niñxs, si podíamos tener mascotas. Esos mismo sectores advertían que una vez que hubiésemos conseguido el matrimonio igualitario íbamos a querer casarnos con nuestros perros.

La semana pasada estuve en Lima con el grupo de activistas de Matrimonio Igualitario Perú que organizaron actividades de repudio a la congresista fujimorista Nelly Cuadros por haber manifestado que aprobar un proyecto de ley que endurecía las penas a los violadores abre las puertas a que seres humanos se casen “con sus computadoras”.  En septiembre acompañé la 14º Marcha LGTBI de Paraguay bajo el lema “Frente al Terrorismo de Estado, Dignidad y Resistencia”, una corajuda iniciativa  de lxs compañerxs paraguayxs que hacen activismo en un ambiente inimaginablemente hostil a la diversidad. En ese contexto, el diputado colorado José María Ibáñez manifestó que detrás de la intención de legalizar el matrimonio igualitario en Paraguay se encuentra un plan para “despenalizar la pedofilia”.

Mientras tanto, en Argentina, la cirujana plástica Cinthia Solange Dhers, que ha entrado a la posteridad como “la cheta de Nordelta”, se lamentó con crueldad inusitada de sus vecinos “grasas” “de décima categoría” “bestias sin educación” que toman mate al lado de la “piscina” rodeados de “perros que gritan”. Igual que con Cané, la iglesia, los fujimoristas y los colorados, nos encontramos con la falta de empatía de sectores cegados en su auto-construcción como referente paradigmático del total de la sociedad, y la falta de capacidad de representación de que alguien pueda desear hacer algo distinto de lo que hacen ellos y a pesar de todo ser felices.

Porque no hay nada más lindo que poder casarse con la persona que uno ama, y también, si querés, tomar mate con lxs vecinxs rodeado de mascotas.

La cheta de Nordelta, Miguel Cané y el activismo LGBT
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