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El Palero del Ucayali - Parte 2

En mayo de 2018 me encontré con Miguel Kunz en Lima para filmar los cortos de promoción de la novela Shaman Express. Acababa de regresar de mi cuarto viaje a Yarinacocha y escribía con mucho entusiasmo el borrador de esta nota. Nos sentamos en un café a trabajar en los guiones y discutimos sobre chamanismo, árboles, ayahuasca y malestar urbano.

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(Parte 1 aquí)

Eso, sumado a que Miguel es un gringo churro, provocó que las chicas estadounidenses de la mesa de al lado se dispusieran a contarnos sobre el conocimiento chamánico que acababan de adquirir, en un paquete de seis días en la selva con cuatro ceremonias de ayahuasca, facilitadas en inglés por europeos blancos, aunque un chamán indígena aparecía por las noches. "Los jóvenes de las ciudades quieren más la mareación pero regresan como han venido,” me dijo José una madrugada en Yarina. La “mareación” refiere al trance inducido por la toma de ayahuasca. “Tienen que hacer un orden por las energías negativas de las grandes ciudades. Pero terminan su ceremonia, al segundo día se van al desorden.”

El flujo de viajeros que proviene de las ciudades y su dinero modificaron las tradiciones ancestrales en esta parte de la selva. Con la globalización de las tomas de ayahuasca aparecieron programas hechos a la medida de las necesidades urbanas. A ésto debe agregarse que los maestros indígenas que conservaban intacta la comunicación con el espíritu de las plantas ya están mayores. Sus nuevos ayudantes son hombres y mujeres blancos cuya relación con la ayahuasca se ve en parte diluída por el mero hecho de no ser indígenas. Cada vez es más difícil atravesar el primer cordón de oportunistas.

José observa de primera mano cómo toman ayahuasca los indígenas. “Por la selva, Shipibo, Yaminahua, Asháninka, Amahuaca y Piro, con todos he estado”. Lamenta la desviación de la tradición en función del rédito turístico. “No es una observación mala. Esto es así. El nativo a veces busca beneficios. Muchas cosas te va a mostrar la ayahuasca y no vas a saber qué hacer. No lo lleva a sentirse con esa firmeza. Algunos sólo con ayahuasca están bien, sólo necesitan una limpieza. Pero ni te deja fortaleza, puede estar hoy contigo y después ya no."

Sumado a la recomendación de dudar de chamanes que tengan redes sociales, ésto hace que encontrar al maestro adecuado sea cada vez más difícil para quien tiene el dinero pero no el tiempo de sentarse en la selva y esperar. Y luego repetir las visitas para fortalecer la relación con el maestro. Hay que tener el karma de encontrar al maestro, pero también hay que crear el karma de seguir al maestro.

Regresemos a mi primera mañana en Yarina. Desayuné y pregunté cómo ir a Pucallpa a hacer algunas compras. Así fue como conocí a Miguel, que me llevó en su motocar, especie de carrito atado a un ciclomotor como los rickshaws de India. Me acompañó a pasear por Pucallpa, tomamos café "pasado" y me mostró el mercado donde se venden los enseres necesarios para la práctica del curanderismo o chamanismo, como el mapacho, hojas de coca, y copal para sahumar. De regreso a Yarina me preguntó, muy casualmente: "¿Tú has venido por la medicina?" Me atajé respondiendo que ayahuasca no. Me explicó que su padre era un maestro palero que venía de pasar varios años internado en la selva, que el día anterior había regresado a Yarina porque había soñado que unos forasteros lo necesitaban. Una vez recuperado de la sorpresa por la coincidencia entre mi sueño y el del palero, Miguel me aclaró que la medicina de palos no provoca trance similar al de la ayahuasca. "¿Cuándo puedo verlo?" pregunté. "Mañana a las 5 de la mañana. Se levanta muy temprano."

Fue una bendición, o un golpe de suerte: “Mayormente los paleros han fallecido. El ciclo y el tiempo de su vida acabó. Los jóvenes no se dedican a aprender. Los abuelos ya no enseñan a los nietos. Los jóvenes derrochan vanidad. Hay pocos maestros paleros, muchos menos que maestros ayahuasqueros,” me explicó José en las sucesivas dietas que hice con él.

Al atardecer de ese día conocí a los otros huéspedes de los bungalows de Yarina, Leo y Sana, dos practicantes chamánicos rusos. Hacía siete años que estudiaban el conocimiento de los Shipibo-Konibo, hablaban castellano correctamente y hacía dos años se habían instalados definitivamente en Yarina. Leo y Sana fueron un componente esencial de esta experiencia. Con amor y paciencia me enseñaron este lado del mundo, que tiene reglas que no obedecen a la lógica de nuestro pensamiento, e intentaron poner en orden mis ideas y objetivos sobre el conocimiento. En nuestras largas conversaciones en Yarina, asediados por los mosquitos, recibí una generosa transmisión del saber adquirido en sus años de recorrido chamánico y en las prácticas espirituales que los condujeron al chamanismo, especialmente el sufismo; además de lecciones en física, biología, neurociencias e historia. José puso naturaleza y medicina, Leo y Sana contribuyeron marco teórico y amor.

Acababa de terminar de escribir la parte de mi novela que sucede en Siberia, en la poco conocida ex-república soviética de Buriatia, territorio de antiguas tradiciones chamánicas, que había visitado una década atrás. Buriatia había sido una parte esencial del itinerario chamánico de Leo y Sana. Esa primera noche bajo el mosquitero, iluminados por un foco tenue en una recóndita orilla de Yarina, dos rusos y un argentino comentaron sobre los chamanes de Buriatia.

En sucesivas ceremonias de ayahuasca Leo y Sana recibieron información acerca de un maestro palero al que debían encontrar para ayudar en la sanación de una paciente vinculada a ellos. Sin ningún maestro a la vista, comenzaron a hacer un trabajo de meditación en el que pidieron que un palero se manifiestase. Luego de dos meses, José recibió el llamado de venir a trabajar con los forasteros que lo necesitaban. Michael Harner dice que hay que estar atentos a las sincronicidades positivas, pues es una señal de que el poder trabaja para producir efectos más allá de los límites naturales de lo probable.

Al amanecer del día siguiente conocí a José Gama, el palero del Ucayali. Es un hombre dinámico, sereno, fibroso, de buena postura. Habla apenas lo necesario. Una vez encontrado el maestro, el primer día es de diagnóstico para que al palero le sea revelado el palo a dietar. Hizo una lectura de mi energía tomándome de las manos y luego puso las palmas en mi cabeza. "No puedes ayudar a nadie antes de recuperar tus fuerzas," fue su primera conclusión. "Hay que fortalecer los huesos," dijo a continuación, sin la menor posibilidad de que él supiera que había tenido cáncer y que mi fémur se había fracturado dos veces como consecuencia de la radioterapia. Me indicó una toma de determinada corteza de árbol que él prepararía. Explicó muy escuetamente sus propiedades y el régimen de ayuno. Así comenzaron mis días de dieta, que se iniciaban antes del amanecer. “Seis a ocho días es la dieta de palo. O lo que el palo le muestre al maestro que la persona necesita. Luego tienes que ayunar por un mes. Por eso no desordena, porque es lo que el palo le muestra al maestro.”

(Continúa aquí)

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En la foto: José Gama
Ph Leo Pinonsoy

El Palero del Ucayali - Parte 2
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